Gratitud en tiempos complejos: una luz que todavía permanece
Hay épocas en la historia en las que el ser humano parece acostumbrarse a vivir con prisa, incertidumbre y preocupación. Los titulares cambian cada día, las noticias llegan de manera constante y el corazón muchas veces oscila entre la esperanza y el cansancio. En Israel y en distintas partes del Medio Oriente, muchas familias han aprendido a vivir con esa sensación de tensión cotidiana que, aunque no siempre visible, acompaña la rutina diaria.
Y, sin embargo, incluso en medio de esos escenarios complejos, existe una palabra que continúa teniendo una fuerza extraordinaria: gratitud.
La tradición judía ha entendido desde hace miles de años que agradecer no es ignorar las dificultades. Tampoco significa cerrar los ojos ante el dolor humano o las preocupaciones reales de nuestro tiempo. La gratitud, en el judaísmo, es una forma de resistencia espiritual. Es la capacidad de reconocer que, aun cuando el mundo atraviesa momentos inciertos, todavía existen razones para valorar la vida, la familia, la fe y la posibilidad de seguir adelante.
No es casualidad que una de las primeras palabras que pronuncia un judío al despertar sea “Modé Aní”: “Te agradezco”. Antes incluso de pensar en los pendientes del día, en las preocupaciones económicas o en las noticias del mundo, la tradición nos invita a comenzar desde el reconocimiento de la vida misma. Abrir los ojos por la mañana ya es, en sí mismo, un motivo para agradecer.
Hoy, en Israel, esa enseñanza adquiere un significado especialmente profundo. La gratitud aparece en pequeños actos cotidianos que podrían pasar desapercibidos para quien observa desde lejos: una familia reunida alrededor de la mesa de Shabat; niños jugando en un parque; voluntarios ayudando a desconocidos; médicos atendiendo con entrega; agricultores trabajando la tierra; jóvenes construyendo proyectos de futuro aun en tiempos inciertos.
La gratitud también se encuentra en la capacidad de una sociedad de continuar creando, enseñando, estudiando y soñando. Israel ha sido, desde sus orígenes, una nación edificada no solamente sobre desafíos, sino también sobre esperanza. Y quizá una de sus fortalezas más notables ha sido precisamente esa: la decisión colectiva de no permitir que la oscuridad defina completamente la realidad.
En el judaísmo existe un concepto muy poderoso: hakarat hatov, el reconocimiento del bien. No se trata únicamente de agradecer grandes milagros. También implica aprender a identificar las pequeñas bendiciones que muchas veces damos por sentadas: una conversación tranquila, la salud de un ser querido, una comida compartida, una llamada inesperada, una comunidad unida.
En muchos hogares judíos, especialmente en tiempos difíciles, la gratitud también se transmite de generación en generación. Los abuelos enseñan a los más jóvenes que incluso en los momentos de mayor incertidumbre es importante conservar la dignidad, la bondad y la capacidad de valorar lo esencial.
Esa transmisión silenciosa de valores ha permitido que innumerables familias mantengan viva una fortaleza emocional que no depende únicamente de las circunstancias externas, sino de la manera en que se decide mirar la vida.
Vivimos en una época donde el ruido constante puede hacernos olvidar esas cosas simples. Las redes sociales nos acostumbran a mirar lo que falta más que lo que existe. Corremos detrás de metas futuras sin detenernos a valorar el presente. Y, sin embargo, la experiencia humana demuestra que quienes practican la gratitud desarrollan una mayor fortaleza emocional y una visión más luminosa de la vida.
Quizá por eso la gratitud tiene hoy un valor tan necesario. Porque nos recuerda que el alma humana no puede alimentarse únicamente de información o preocupaciones. También necesita momentos de conciencia, de humildad y de reconocimiento.
A lo largo de la historia, el pueblo judío ha atravesado innumerables desafíos. Pero una y otra vez ha encontrado maneras de preservar la alegría, la fe y la capacidad de agradecer. Incluso en circunstancias difíciles, nuestras comunidades siguieron cantando en Shabat, celebrando las festividades, enseñando Torá a los niños y construyendo futuro. Esa actitud no nació de la ingenuidad, sino de una profunda convicción espiritual: mientras exista gratitud, existe también esperanza.
En nuestros días, quizá uno de los mayores actos de fortaleza sea precisamente detenernos un momento y reconocer aquello que todavía ilumina nuestras vidas. Agradecer por quienes amamos. Por quienes ayudan. Por quienes curan. Por quienes enseñan. Por quienes continúan sembrando bondad aun cuando el entorno parece exigir desesperanza.
Porque la gratitud no cambia automáticamente las circunstancias del mundo, pero sí transforma la manera en que el ser humano las enfrenta. Y tal vez ahí resida una de las enseñanzas más importantes para nuestro tiempo: incluso en medio de la incertidumbre, todavía podemos elegir mirar la vida con sensibilidad, con fe y con agradecimiento.
Mientras exista esa capacidad, la esperanza seguirá viva.
Y como siempre, el lector tiene la última palabra…