Editorial Kesher
Editorial · 1987
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Editorial

Entre el cierre de un ciclo y el comienzo de otro

Hay momentos en el calendario que parecen detener el tiempo. Fechas que nos invitan a hacer una pausa, mirar hacia atrás y preguntarnos qué hemos aprendido del camino recorrido. El periodo entre Rosh Jodesh Av y Tishá BeAv es uno de esos momentos. Durante generaciones, el pueblo judío ha recordado en estos días acontecimientos que marcaron profundamente su historia, desde la destrucción del Primer y Segundo Templo de Jerusalén hasta otros episodios que pusieron a prueba su fortaleza.

Nuestra tradición, sin embargo, nos enseña que recordar no significa vivir atrapados en el pasado. La memoria, acompañada de esperanza, se convierte en una fuerza para construir un mejor futuro.

Este periodo coincide además con otro momento significativo para nuestra comunidad: el cierre del ciclo escolar. Mientras el calendario hebreo nos invita a reflexionar sobre nuestra historia, miles de alumnos, maestros y familias celebran el final de un año de esfuerzo, aprendizaje y crecimiento.

Cada graduación y cada despedida de las aulas representan mucho más que el término de un curso. Son el reflejo de una comunidad que sigue apostando por la educación como uno de los pilares fundamentales de su identidad.

Desde hace siglos, el pueblo judío comprendió que los edificios pueden desaparecer, pero el conocimiento, los valores y la educación viajan con las personas. Cuando no hubo un Templo, hubo una escuela; cuando no hubo un reino, hubo familias transmitiendo tradiciones y enseñanzas a sus hijos. Esa convicción permitió preservar nuestra cultura en cualquier lugar del mundo.

Nuestros colegios son hoy la expresión viva de ese legado. En ellos no solo se enseñan ciencias, matemáticas o idiomas; también se forman personas comprometidas con su comunidad, sus valores y la responsabilidad de construir una sociedad mejor.

El fin de cursos es, por ello, motivo de orgullo. Detrás de cada diploma hay historias de esfuerzo, constancia y superación, así como el trabajo silencioso de maestros y familias que acompañan el crecimiento de las nuevas generaciones.

Estos días también nos recuerdan que todo final abre la puerta a un nuevo comienzo. Así como concluye un ciclo escolar para dar paso al siguiente, la historia del pueblo judío demuestra que después de cada dificultad siempre existe la posibilidad de reconstruir.

Ese es precisamente el mensaje de Shabat Jazón. Aunque su lectura habla de advertencias y desafíos, también invita a imaginar un futuro distinto si aprendemos de nuestra propia historia.

Vivimos tiempos de cambios acelerados y grandes desafíos. Más que nunca necesitamos personas preparadas académicamente, pero también comprometidas con principios sólidos, sensibilidad huma-na y un profundo sentido de pertenencia.

Nuestra comunidad ha respondido a ese reto generación tras generación. Cada estudiante que concluye una etapa representa una inversión en el futuro, y cada familia que apuesta por la educación fortalece el legado recibido de quienes nos antecedieron.

Incluso Tishá BeAv, uno de los días más solemnes del calendario judío, termina transmitiendo un mensaje profundamente esperanzador: después del duelo llega la reconstrucción. Gran parte de la historia del pueblo judío puede entenderse precisamente así: una historia de resiliencia, adaptación y esperanza.

Hoy seguimos construyendo en nuestras instituciones, sinagogas, colegios y familias. Mientras nuestros alumnos disfrutan del descanso de verano y se preparan para nuevos retos, también nosotros podemos reflexionar sobre aquello que queremos conservar, fortalecer y transmitir.

Porque la educación no termina cuando concluyen las clases. Continúa en el hogar, en las conversaciones familiares, en el ejemplo cotidiano y en la forma en que vivimos nuestros valores.

Que este periodo nos permita recordar el pasado con gratitud, valorar el presente con orgullo y mirar el futuro con con-fianza. Que el cierre de un ciclo escolar sea también el inicio de nuevos proyectos y oportunidades para seguir creciendo como personas y como comunidad.

Después de todo, la historia del pueblo judío nos ha enseñado una verdad que permanece vigente generación tras generación: siempre es posible volver a construir. Y quizá no exista una forma más hermosa de hacerlo que educando a quienes escribirán los próximos capítulos de nuestra historia.